Igual que dos palomas
cansadas,
cuando llega la noche,
de un retorno sin fin,
tus ojos,
como los de una diosa
olvidada o sin nombre,
se han posado en la rama
obstinada que, indemne
a todas las tormentas
y al implacable viento del océano,
como un brazo tatuado
de amargas cicatrices
y sin embargo, ileso,
logró sobrevivir.
como llega una boca sedienta
a un manantial a punto de extinguirse
que al roce de unos labios
vuelve a brotar
de nuevo,
de repente,
como si se tratase de un milagro.
Y al despertar,
tal vez
quieras quedarte
para siempre.
no serán nunca turbias.
nunca se quebrarán.
Manuel Domínguez Guerra (cc) 2006.


