Detrás de cada hombre

hay un niño

asustado

con los ojos abiertos

al pánico

de lo terrible

y duro

que es vivir…


Detrás de tus silencios,

de cada uno de tus abandonos,

está el enfado atávico,

la rabia milenaria,

que hace a unos pocos irse

de repente,

levantarse de pronto de esta mesa

a la que no quisieran

en el fondo

haber sido invitados…

y en la que los cobardes

seguimos devorando

los envenenados platos

de un banquete

que no toca a su fin.


Tú y todos los que son

valientes

como tú

deberíais

un día

amotinaros,

estrangular al capitán

de este tétrico barco,

de esta galera abominable

en que hemos convertido

poco a poco

la vida.

Cambiar el rumbo

suicida

de este barco infernal,

izar las velas

y virar

hacia las aguas plácidas

del mar de la Esperanza.

Llevarnos

con el firme remar de vuestros brazos

hasta el sol

de esa isla

que llaman

Paraíso.

Y allí quedarnos

para siempre,

lejos de este suplicio

en que hemos convertido

la existencia.

A salvo

de la insidia,

la argucia,

y la ambición.

Plenos de luz

y sueños…


De gente como tú

dependerá el futuro.


De hombres como tú,

lo sé,

será

la eternidad.


Para Carlos.


Manuel Domínguez Guerra. (cc) 2009

29 de enero de 2009

1 Comment:

Noray said...

Bellísimo y demasiado cierto.

Un saludo