Pinté este cuadro una noche de verano de 1990... -no recuerdo exactamente-. Lo envié a un concurso en el que no logré enterarme de si llegó a colgarse. Mas tarde, pasado mucho tiempo, fuí expresamente hasta Ayamonte a rocogerlo... para días mas tarde pintar encima una obra que titulé "Pierrot lunaire".
Los concursos, a pesar de lo que digan los defensores de la competitividad, son casi siempre negativos para la evolución natural y sosegada de un artista. Alientan a un afán de notoriedad bastante nocivo y propician la influencia de los aplaudidos en cada momento sobre los que desarrollan aún su personalidad.
Se nos inculca desde pequeños la competición. Al ser humano le encanta hacer escalafones, establecer jerarquías, galardonar, castigar... Hay algo de eso en el reino animal ("reino" es ya un término que hace referencia a una escala), pero en manos del Hombre la natural lucha por la prevalencia se vuelve sofisticada y, en muchas ocasiones, perversa.
El continuo y obsesivo medirse con los demás genera más insatisfaciones que alegrías. Cada uno de nosotros necesita un ritmo propio de maduración. Alterarlo sirve de muy poco. No deberíamos permitir que nadie nos marque el compás.
Competir no suele ser bueno... ni siquiera contra uno mismo.


Retrato de Inocencio X de Velazquez
Manuel Domínguez Guerra (cc) 1990

3 de junio de 2009

3 Comments:

verdial said...

Algo así como OT. Pero tú no caíste nunca en esa dinámica.

Besos

Manuel Domínguez Guerra said...

Estuve algunos años participando en concursos de pintura, pero pronto descubrí la falta de imparcialidad y la absoluta arbitrariedad con que se otorgaban los premios, sin hablar del amiguismo, que suele ser habitual.

Se nos inculca desde pequeños la competición. Al ser humano le encanta hacer escalafones, establecer jerarquías, galardonar, castigar... Hay algo de eso en el reino animal ("reino" es ya un término que hace referencia a una escala), pero en manos del Hombre la natural lucha por la prevalencia se vuelve sofisticada y, en muchas ocasiones, perversa.
El continuo y obsesivo medirse con los demás genera más insatisfaciones que alegrías. Cada uno de nosotros necesita un ritmo propio de maduración. Alterarlo sirve de muy poco. No deberíamos permitir que nadie nos marque el compás.

Un abrazo internético...

Juan said...

Eres un artistazo de los pies a la cabeza!!!!, oleeeee, el talento de verdad.Graciasss!!!!!