Somos naúfragos.
El mar nos arrastró, al nacer,
hasta la orilla
de esta inhóspita isla,
a la que sin saber
por qué
llamamos Vida.
En nuestros cuerpos quedan cicatrices,
vestigios
del doloroso instante
en que la Nada aquí nos arrojó.
Despojados de todo.
Sedientos
de ternura.
Y hambrientos
de caricias.
Hay una eterna sed en nuestros labios,
que quisieran, besando, ser el agua
que ha de calmar la sed
de otros corazones
y un hambre milenaria en nuestros brazos,
que quisieran, a fuerza de estrechar,
poder saciar el hambre de otras almas.
Nos miramos, así,
reconociéndonos,
con la fragilidad del malherido
y la urgente agonía
que tiembla apenas
en los ojos sin luz
del moribundo…
Buscándonos
a tientas,
en medio de esta interminable
noche.
Este anhelo infinito,
este ansiarnos sin tregua.
Esta fe inexplicable
en que a pesar de todo
lograremos salvarnos.
Esta ciega esperanza
de que tarde o temprano
lograremos partir hacia otra tierra
a bordo de esta balsa
que hemos llamado Amor.
Manuel Domínguez Guerra.
(cc) 2009



