Es obvio que esta sociedad relega a un pasivo segundo plano a las personas mayores.Y es injusto. Pero en esto también tienen su responsabilidad los propios mayores, que denostan su condición de mayores y se lamentan de tener que atravesar ese tramo del río de sus vidas. Si ellos mismos no aceptan su vejez, cómo van a pedirle a los demás que la acepten. Hace poco me pasaron una entrevista con Woody Allen que me pareció despreciable, porque aparte de decir que la única misión del arte era entretener, hablaba de la vejez como de un proceso de mermas, en el transcurso del cual nada mejoraba. No me extraña que sexualmente sólo le pongan las jovencitas –también ahí hay un rechazo a la madurez y la vejez-.

En último término, no habría que prestar ninguna atención a la edad. Aceptamos con demasiada docilidad los convencionalismos que se nos inculcan acerca de lo que está o no permitido y bien visto a cada edad. Si nos lo creemos, terminamos siendo victimas de esas arbitrariedades. Cada edad tiene sus aspectos positivos y negativos. Esta vida no da nada sin quitar algo. Lo que sí es verdad es que de la comunicación entre diversas generaciones puede aprenderse recíprocamente. Pero, no nos engañemos, las relaciones afectivas del pasado, basadas en una convivencia prácticamente obligada, tienden a desaparecer en una sociedad que posibilita la independencia económica de los miembros de una familia.

En fin, sólo añadir que yo no creo mucho en la división “juventud” – “vejez”. En todo caso conozco a jóvenes viejos y a viejos jóvenes.


M.Domínguez Guerra. "Viejo" Pintura digital. (cc) 2004

19 de junio de 2009

Pinté este cuadro una noche de verano de 1990... -no recuerdo exactamente-. Lo envié a un concurso en el que no logré enterarme de si llegó a colgarse. Mas tarde, pasado mucho tiempo, fuí expresamente hasta Ayamonte a rocogerlo... para días mas tarde pintar encima una obra que titulé "Pierrot lunaire".
Los concursos, a pesar de lo que digan los defensores de la competitividad, son casi siempre negativos para la evolución natural y sosegada de un artista. Alientan a un afán de notoriedad bastante nocivo y propician la influencia de los aplaudidos en cada momento sobre los que desarrollan aún su personalidad.
Se nos inculca desde pequeños la competición. Al ser humano le encanta hacer escalafones, establecer jerarquías, galardonar, castigar... Hay algo de eso en el reino animal ("reino" es ya un término que hace referencia a una escala), pero en manos del Hombre la natural lucha por la prevalencia se vuelve sofisticada y, en muchas ocasiones, perversa.
El continuo y obsesivo medirse con los demás genera más insatisfaciones que alegrías. Cada uno de nosotros necesita un ritmo propio de maduración. Alterarlo sirve de muy poco. No deberíamos permitir que nadie nos marque el compás.
Competir no suele ser bueno... ni siquiera contra uno mismo.


Retrato de Inocencio X de Velazquez
Manuel Domínguez Guerra (cc) 1990

3 de junio de 2009